"NIEVE"
- Para aquellos que no me conozcan, mi nombre es "nieve"; No es mi nombre verdadero o, al menos, no siempre lo fue... Hace mucho, mucho tiempo, cuando en la tierra abundaba el verde, caminaba por ella, erguida, con el cuerpo de una mujer hermosa, de cabello negro y ojos oscuros. Como humana, gozaba de todos los placeres que conlleva ser persona: Me encantaba despertarme de súbito, como si el sueño no significase nada, a salir a ver el amanecer, el canto del gallo, el trino del pájaro cantor, o el sinuoso zigzagueo de la garza y su elegante danza. Nací y crecí al arrullo de un arrozal sepenteante que huía de las montañas en dirección al mar. Mis padres eran pastores de ovejas, como casi todos en el pueblo, y mi sueño era poder volar. Durante mi niñez, todas y cada una de las tardes, luego del colegio y antes del ocaso, migraba de mis quehaceres al linde norte de la aldea; Donde acababan los bancales de sembrado y lejos ya de toda choza, un estrecho y angosto sendero se hundía en el interior del bosque. Cada día lo recorría y cada día contenía el aliento, pues bajo el bosque, la vida oscurecía; Entrar en él era hundirse en un oscuro pozo de desesperanza. Tan solo eran unos breves minutos, pero parecían horas en mi corazón. Dicen los sabios que, incluso antes de la calma, la tempestad es aun más atroz... y creo que llevan razón, pues cuando todo parecía siempre perdido, el sendero llegaba a su fin, y el sol chocaba en mi cara como un amigo de burdos modales. Entonces la calma... El bosque terminaba en un abrupto precipicio a la nada, culminando en dos peñones de piedra separados por un desfiladero vertiginoso. Un puente de cuerda, algo inestable y raído, unía las rocas y, al otro extremo del puente se dibujaba, majestuoso, desafiante a la altura, un centenario cerezo, magno y excelso como un dios de sacra madera, hendido en la roca y el suelo. Yo no levantaba poco mas de cuatro palmos del suelo... Cada tarde, como una extraña ceremonia, ascendía por cada una de sus viejas y arrugadas ramas, dejaba pender mi cuerpo de las finas, frágiles y entrecogidas piernas de niña y volaba sobre el horizonte añil. Por menos de un breve suspiro, solo existíamos el precipicio a la nada, la húmeda bruma flotante y mi irresponsable corazón salvaje y puro. Pero esa libertad no duro tanto como yo esperaba... El ritual me acompañó durante mi infancia y, esclava del tiempo que no espera a nadie, envejecí y me hice una mujer. Como acompañaba a la tradición, mis padres quisieron desposarme llegado el momento, pero lo que ellos no sabían era que mi corazón tenía otros planes pues, si bien mi cuerpo había perdido aquella fragilidad virginal, mi corazón seguía siendo tan crío e irresponsable como siempre y no estaba dispuesto a aceptar a cualquiera... Si me desposaba con un hombre, tenía que ser uno a quién amara, alguien que compartiera mis sueños... Porque en este mundo y en cualquier otro no hay nada que haga a dos personas más afines que compartir juntas un sueño... Una tarde, tras contener el aliento de forma metódica y eficaz, salí del bosque y contemplé mi árbol como si todos esos años no hubiesen pasado, pero antes de dar el primer paso hacia él, me detuve; Entre sus ramas vi a un joven, sentado a horcajadas sobre el vacío, con un parecido taciturno y lejano. Me aproximé, como el cazador al cervatillo, temerosa de que la brisa lo empujara más allá de mí, hacia ese abismo ahora cruel y mudo. Con una suavidad casi ajena a mí, recogí su pálida mano y también su incrédula mirada, secuestrando sus ojos hasta convertir la fina línea de sus labios, en una renovada sonrisa radiante. Desde ese momento en adelante, la ceremonia del vuelo nunca fue la misma; Cada tarde el chico y yo nos escabullíamos y cruzábamos juntos el tenebroso bosque y el vertiginoso puente hasta llegar a nuestro árbol, para amarnos sobre sus ramas como unos amantes locos, dueños del cielo... esos fueron los mejores años de mi vida. Pero durante todo ese tiempo, algo hubo siempre que no acabó de encajar; Yo miraba el horizonte con una nostalgia feliz, arropada por el hombre al que amaba, como un rey acaudalado que contempla su tesoro majestuoso... Pero él, en cambio, dejaba que su mirada surcase el horizonte con algo más que nostalgia; Con añoranza y recelo. Una sombra nadaba en sus ojos, una sombra profunda y oscura que ni el amor puro entre los dos y, ni tan siquiera el fuerte fervor de su corazón habían sido capaces de arrancar... Una tarde, justo antes del ocaso y viendo que no aparecía, fui hacia el desfiladero sola, en su busca. Nunca antes en toda mi vida me había sido tan difícil cruzar el bosque, pues la ansiedad por saber si él me esperaría al otro lado consumía cada uno de mis torpes y acelerados pasos. Rescaté mi aliento al salir, con los ojos tan abiertos como las puertas del cielo y, apoyado sobre las cuerdas del puente, lo encontré... Me acerqué a él con nuestro clásico y conocido vocablo mudo y gestual. Pero algo había cambiado... Sus ojos divagaban por el horizonte surcados de lágrimas y congoja y sus manos temblaban, como quién soporta más peso del debido durante demasiado tiempo. Entonces lo aferré entre mis manos suplicantes y lo miré a los ojos; Atisbé una luz en ellos, como si por un momento su corazón y el mío volvieran a acompasarse, el uno junto al otro. Entonces creí recuperarle, lo anhelé e incluso sonreí de alegría al ver cómo me rodeaba con sus manos temblorosas, arropando mi cuello desnudo... Pero un ciego solo ve aquello que anhela... Y mientras sus manos se cerraban, más y más, mi sonrisa desaparecía y comenzaba a vislumbrar aquella extraña oscuridad en sus ojos. Poco a poco, mientras mi aliento se esfumaba y mi corazón se apagaba, comprendí que no se puede huir del destino; entendí que cada uno es único y que la brisa que sopla tu piel, jamás sera la misma que sopla en la mía, por más que lo quiera... Ya en el aire, vi como mi cuerpo, al fin, volaba sobre todas las cosas, hacia esa bruma altanera y ese atroz mundo desconocido. Había imaginado tantas veces ser un pájaro... nunca habría podido concebir el volar como un pétalo de cerezo, sin destino, sin sonrisa... Al fin mi cuerpo restó en algún lugar de este vasto mundo, mientras mi alma, incapaz de ser frenada por nada, ascendía al cielo azul buscando las estrellas y el destino que venía con ellas. Y ahora, años y años después, acompaño de nuevo, en forma de copo, a los hombres y mujeres ciegos, justo en ese momento que los veo al filo, intentando volar junto al abismo... sin alas ni manos que los sostengan.

